jueves, 10 de septiembre de 2009

No es justo, pero...

No es justo, pero sigue estando esa vocecilla escondida en algún rincón de mi mente que susurra constantemente: Te lo mereces.

No es justo.

No es justo que alguien te diga que le has destrozado la vida.

Como si lo hubieras hecho a propósito. Como si tu intención en todo momento hubiese sido esa. Como si todo hubiera sido una puta mentira para poder joderle la existencia.

No digo que no tenga la culpa, sólo digo que no fue a conciencia. Simplemente soy la persona más estúpida que ha pisado la faz de la Tierra y cada vez que intento hacer las cosas bien salen fatal. Yo creía que lo estaba haciendo bien. Lo creía de verdad. Intentaba hacerle feliz.

¿Cómo puede ser que le destroces la vida a alguien por intentar hacerle feliz? ¿Cuánto te tienes que equivocar para acabar así?

No soy mala persona, sólo soy inútil.

Y ya conozco todos mis errores de memoria, y me arrepiento de todos y cada uno de ellos. No es justo que me eches más mierda encima, que además de tener que sentirme escoria por hacerlo todo mal, tenga que cargar con tu eterna e irreparable infelicidad durante el resto de mi vida.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La imaginación juega malas pasadas.

Por un instante he sentido miedo de mí misma.

No quería pensar. No quería pensar y, sin embargo, mi mente desobediente lo ha hecho por mí. Y entonces me he visto.

Me he visto en una bañera, he visto el agua teñida de rojo y mi cuerpo inerte y flácido hundiéndose lentamente, con el cuello retorcido hacia atrás en una postura aparentemente incómoda, la boca entreabierta y los ojos en blanco, y una mano colgando por encima del borde de la bañera. Una mano con un corte profundo y largo, un corte gemelo del que tenía en la otra mano, un corte del que emanaba un hilo de sangre que iba a parar al suelo, creando un enorme charco en el que se ahogaba el arma del crimen, un cuchillo afilado que había atravesado algo más que mis muñecas.

He visto el tono traslucido de mi piel. Casi podía notar el calor que desprendía el agua en contraste con lo frío que debía estar mi cuerpo.

Ya no respiraba. Mi corazón ya no latía, porque la sangre no salía a borbotones de las heridas. Mi cerebro ya no pensaba. Ya no tendría que pensar nunca más.

Y entonces me he asustado. Supongo que debería tranquilizarme el hecho de que la muerte aún me dé miedo, que no sea una idea que contemple con nostalgia, con ansia de ella. Pero no podía quitarme la imagen de la cabeza, no conseguía que saliera de allí. No quería cerrar los ojos, pero tenerlos abiertos en la oscuridad tampoco ayudaba mucho. He tenido un leve ataque de ansiedad pero parece que poco a poco me voy calmando, que escribir lo que he imaginado me ayuda.

Pero aún tengo miedo de cerrar los ojos.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

¿En qué momento?

¿En qué momento deja de interesarte la vida?

¿En qué momento empieza a parecerte un desperdicio?

¿En qué momento comienzas a sentir que la alternativa es mejor?

¿Será cuando aquellos que se aceran a ti preferirían no haberlo hecho nunca?

lunes, 31 de agosto de 2009

Estadísticamente hablando.

Si el promedio de nacimientos en el mundo al día es de unos 365.000, y el de muertes es de poco más de 150.000, significa que mueren bastante menos de la mitad de los que nacen.

Lo que implica que el mundo necesita más muertos para poder mantener el equilibrio, puesto que ya está superpoblado y va a seguir en aumento.

En España, el pronóstico de muertes al año es de menos de 390.000.

La gran mayoría son por enfermedades y cosas relacionadas con la salud (unas 370.00 muertes).

Por accidentes de tráfico, laborales, caídas, fuego, ahogamientos, envenenamientos accidentales y complicaciones quirúrjicas, mueren unos 13.000.

Por agresiones, homicidios y asesinatos sin intención determinada, al año mueren menos de 500 personas.

Sin embargo, parece ser que, aunque no nos va mucho eso de matar a los demás, cuando se trata de uno mismo, las cosas cambian, pues resulta que al año hay más de 4.000 suicidios (intentos de suicidio no incluídos).

Más de 4.000 personas que no encuentran razones para seguir viviendo. Más de 4.000 personas que se ven sobrepasados por la vida y deciden acabar con ella. Más de 4.000 personas que se rinden.

Hoy.

Hoy he estado un rato sentada en lo alto del muro que bordea el río.

No tenía intención de saltar ni nada por el estilo, principalmente porque si quisiera suicidarme no lo haría así. Más que nada, porque la caída son apenas unos tres metros y porque el río tiene tan poca agua que, como mucho, habría acabado enterrada hasta las rodillas en fango y sin un rasguño. Bueno, en realidad creo que una mujer se intentó suicidar tirándose al río y, si no recuerdo mal, lo consiguió. Supongo que se tiró de cabeza y se quedó atrapada en el fango, o algo así. No sé, pero sigue siendo una muerte demasiado asquerosa.

Estaba allí sentada, viendo a la gente cruzar a un lado y a otro de la pasarela. Estaba escuchando la película que proyectaban en el cine de verano. Estaba oyendo los gritos de unos tíos que se habían sentado en un banco cera de mí. Estaba allí, sentada.

Y, mientras yo no hacía nada, ni siquiera pensaba, el mundo siguió a lo suyo. No es algo que me extrañe, claro, pero me di cuenta de que realmente el mundo sigue sin ti y nadie te echa de menos si desapareces. Desaparecer durante unas horas, me refiero.

Después he dado un paseo hasta la parte de atrás del cuartel y me he tumbado en el césped a mirar las estrellas. En realidad, lo de mirar las estrellas es algo metafórico, porque apenas se veían dos o tres. El caso es que estaba allí y ha llegado una pareja y se han sentado en un banco, ajenos a mi presencia, y se han puesto a hablar de estupideces y vanalidades. ¿De verdad es esto todo lo que nos espera en la vida? ¿De verdad no hay más que encontrar un buen trabajo, una pareja decente y tener niños y pagar hipotecas y no hacer nada más que preocuparse por el futuro?

Pues me niego a vivir esta vida, es demasiado aburrida.

Hoy he estado sentada en lo alto del muro que bordea el río y luego tumbada en el césped. Y he llegado a la conclusión de que así no se puede seguir.

Cara de póker.

Las cartas están echadas y, ¿sabes lo que dicen? Que esta partida contra el futuro la tienes perdida.

Que subiste demasiado la ciega sin haber visto el flop, y lo que tú creías que sería una jugada maestra se quedó en un ridículo espantoso.

Que tienes que aprender a dejar de hacer all in en cada jugada, que siempre lo pierdes todo.

Y por idiota, por no saber retirarte a tiempo, por empeñarte en ver todas las apuestas... te has quedado sin nada.

¿Sabes qué creo? Creo que ya sabías que ibas a perder. Creo que después del flop seguiste subiendo, aunque sabías que ya habías perdido, porque eso era lo que buscabas. Buscabas perderlo todo para poder retirarte, para poder abandonar la mesa. Que la sonrisa que pusiste después de ver el turn te delató.

Pero, ¿sabes qué más creo? Que aún te quedaban esperanzas. Que lo estabas buscando porque realmente pensabas que no merecías jugar, pero que aun así alguna parte de ti aun tenía la esperanza de que el river te salvara y pudieras quedarte en la mesa, jugando un poco más. Lo sé por el gesto de decepción que apareció en tu rostro tras ver la última carta. Y por la lágrima invisible que cruzó tu cara de póker.

sábado, 29 de agosto de 2009

Lo admito:

Me he rendido.

Ahora sí puedes llamarme cobarde.

viernes, 28 de agosto de 2009

¿Tanto?

¿Cómo de mal lo tiene que haber hecho una persona para que otra se arrepienta de haberla conocido?

jueves, 27 de agosto de 2009

Karma

A lo mejor es el Karma.

Tendría sentido. No puedes joderle la vida a alguien de la forma en la que yo lo hice y salir impune. Éste es mi castigo por no haber sabido amar a quien más me quiso, ahora simplemente no puedo amar.

Puede que por eso dejara poco a poco de sentirme culpable, triste y nostálgica. Puede que por eso dejara poco a poco de sentir cualquier cosa.

A lo mejor algún día pago mi deuda con el mundo y entonces el Karma me deje seguir viviendo mi vida en paz. Puede que entonces incluso yo me atreva a perdonarme a mí misma.

Si alguna vez accediera a hablar contigo de lo que me pasa, la conversación podría ser así:

- ¿Y qué se siente?
- ¿A qué te refieres?
- Ya sabes, en tu... estado, ¿qué sientes?
- Ah, pues... bueno, es algo así como sentirte confuso. Muy confuso durante mucho tiempo. Y ni siquiera sabes por qué estás confuso. Al principio es así y sientes rabia e impotencia, intentas aparentar normalidad, finges que estás bien para no preocupar a nadie porque ni siquiera sabes lo que te pasa. Pero después simplemente te cansas. Te sientes cansado de estar siempre igual, siempre confuso, a ratos triste, a ratos cabreado, etcétera. Y entonces llega la nada. Apenas puedes sentir nada, y como mucho será algo malo, dolor o pena, pero no alegría. Aparece la rutina, la desgana, la apatía y la indiferencia por casi todo. Y ya apenas te molestas en disimular, pero da igual, porque tampoco es que la gente de tu alrededor esté tan atenta a ti como para darse cuenta.
- Pues yo lo he hecho.
- Ya, bueno, es que tú estabas más pendiente de mí que de ti, y eso no me lo esperaba, me pillaste desprevenida.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Y si el camino se vuelve pedregoso...

... será que te has equivocado de dirección.

¿Sabes lo que se siente?

"La vi entrar al lavabo y mirarse al espejo. Se mojó las manos, se las pasó por el pelo e intentó sin mucho éxito desenmarañar su voluminosa melena. Sacó del bolso un pequeño neceser y buscó el pintalabios. La vi pasárselo por los labios hasta que éstos quedaron totalmente ocultos bajo una espesa capa de carmín. Se miró un último segundo al espejo mientras guardaba las cosas de nuevo, giró y salió del lavabo.

La vi pasear por el local, despacio, como quien va buscando a alguien, observando cada rostro durante unos segundos para asegurarse de que no era nadie conocido. Recuerdo que en aquel momento lo único que pensé fue que me daba pena verla tan perdida.

Varios tipos se le acercaron contoneándose, malinterpretando las miradas que ella les echaba. Cuando los veía venir, subía el brazo para cubrirse con él y de paso empujarles con el codo en el caso de que se acercaran demasiado. Parecía tan indefensa.

Se acercó a la barra abriéndose paso entre la muchedumbre y pidió otro vodka con lima. Ni siquiera se percató de la mirada lasciva que le echaba el camarero mientras de devolvía el cambio.

Encontró una mesa libre al fondo del local y fue corriendo hacia ella. Tuvo suerte de que nadie más cercano que ella a la mesa se diera cuenta de que los que la ocupaban acababan de levantarse, pues el bar apenas contaba con cuatro mesas y unas cuantas sillas, y la gente se mataba por ellas. Siempre me pregunté porqué no piensan antes de montar los locales de fiesta que si la gente va a bailar durante horas también les gustaría que hubiera un montón de sitio donde poder descansar un rato. Volviendo a éste en concreto, allí estaba ella, sentada en un rincón, bebiendo su cubata a sorbos cortos y observando a todo el mundo.

La música era pésima, canciones de esas electrónicas que suenan todas iguales, pun-chin-pun-chin-pun, y encima duran una eternidad cada una. Ni siquiera sabía qué hacía allí. No le gustaban esos locales, ni su música, ni que no tuvieran más sillas, ni que se respetasen tan poco las leyes que tenían que ver con el aforo máximo permitido para esos pocos metros cuadrados de bar. No conocía a nadie y encima el alcohol era de garrafón. Desde luego, no estaba pasándoselo bien.

¿Por qué había entrado allí? ¿Había sido buscando un aseo? Y, una vez que lo había usado, ¿por qué no se fue? ¿Qué estúpido impulso la llevó a pedir una copa? Intentó recordar por dónde había entrado, pues no veía la salida a su alrededor. Se levantó y fue avanzando, lentamente, eso sí, hasta la parte opuesta del local. Nada.  Más gente, más música, más humo y menos luz. Pero ni rastro de la puerta.

Intentó preguntarle a la gente que tenía cerca si sabían por dónde se salía, pero sólo había borrachos que no entendían lo que decía, y desde luego ella no iba a pegarse a sus orejas para hacerles la pregunta.

Intentó volver a acercarse a la barra y preguntarle a un camarero, pero ni siquiera recordaba dónde estaba la barra. Por más que se moviera entre la gente, sólo había más de lo mismo por todas partes. Desesperada, pensó en volver a mirar si había alguna silla libre y sentarse a pensar con calma. El alcohol ya empezaba a hacerle efecto y eso no ayudaba en absoluto a que se concentrara. Tampoco pudo volver a encontrar la zona de las sillas. Asustada ya, creyendo que le habían metido algo en la bebida y la habían drogado o algo así, se pegó a una pared y decidió no moverse de allí hasta que, una de dos, se vaciara el local o recordara dónde estaba la puta puerta."

¿Puedes imaginar lo que se siente en ese momento?

Me siento como...

Es como si me hubiese parado a mitad de camino y me hubiese sentado en un banco a ver la vida pasar. Estaba demasiado cansada para seguir y decidí tomar un respiro.

El problema es que ya no me acuerdo de cómo se vuelve al camino. Ni siquiera creo que sepa levantarme de aquí y echar a andar.

Así que aquí estoy, en el banco sentada, viendo pasar los días y sin vivirlos. Observando cómo avanzan los demás mientras yo me he quedado atascada en un lugar atemporal.

Simplemente, estoy aquí.

martes, 25 de agosto de 2009

Plegaria

Lo único que pido es salir de este estado constante de confusión.

No es verdad.

No quiero hacerlo. En realidad, nunca lo he intentado.

No niego que alguna vez haya acercado un cuchillo más de lo necesario a alguna parte de mi cuerpo, pero nunca con verdaderas intenciones. No sé si por curiosidad o por ver hasta dónde era capaz de llegar. A veces no comprendo del todo lo que hago.


También es cierto que me pregunto cada día qué pasaría si lo hiciera. Más que el después, que es lo que suele interesar en estos casos, yo intento imaginar el cómo.

¿Qué haría? Nada con demasiada sangre, nada con demasiado dolor. ¿Algo rápido? ¿Algo directo y contundente de lo que no te dé tiempo a arrepentirte? O algo más relajado, tal vez ir quedándote dormida poco a poco, sin darte cuenta, y ya está. Cerrar los ojos y decir adiós. Notar cómo se adormecen tus pensamientos, cómo la nada se va abriendo paso a través de tu cabeza. Y, que si en algún momento te llega un soplo de vida y decides que prefieres escoger la opción valiente y quedarte a seguir luchando, tengas a mano un teléfono con alguien al otro lado de la línea a quien le importe que sigas viva.

Siempre imagino la forma, pero no las consecuencias.

Pero, ¿sabes? Yo siempre he querido saberlo todo. Y, aunque sólo sea por curiosidad, me quedaré aquí para ver qué pasa mañana, aunque no sea capaz de fingir que me importa.

¿Es raro?

¿Pensar en suicidarte más de una vez al día es algo raro?

¿Qué es diferente?

Si las cosas siempre han sido así y yo siempre lo he sabido, ¿qué ha cambiado? ¿Será que se me ha acabado la paciencia? ¿Que estiré demasiado de la cuerda y al final se rompió? 


Nunca he vivido totalmente en el mundo real. Pasaba demasiado tiempo encerrada en mi cabeza sin salir de allí. Tal vez sea eso, puede que ya no recuerde dónde está la puerta, quizás me he perdido buscando la salida. 


A lo mejor soy una de esas personas incapaces de ser felices. Puede que no me merezca lo que tengo, por no saber apreciarlo. Sería mejor quedarme sola, sin nada, para que tomase todo lo que poseo alguien que vaya a saber valorarlo. 


Claro que es posible que simplemente sea imbécil perdida y no me haya dado cuenta. 

Hoy he llorado un poco.

No mucho. Sólo han sido unas cuantas lágrimas, pero han sido de verdad.

Al menos, ha sido lo más parecido a sentir algo real que me ha pasado en mucho tiempo.

Pero no ha sido de pena, ni tristeza, ni nostalgia, ni impotencia, ni melancolía, ni culpa, ni rabia. Ha sido porque te lo debía.

Por ser el último en llegar y el primero en darte cuenta. O el único, supongo. Por haberlo intentado, por haber luchado por mí hasta que te he dejado indefenso y sin más armas con las que atacarme. Por tu paciencia y por soportar todo lo que te hago pasar. Por seguir queriéndome a pesar de todo.

Te ha tocado conocer lo peor de mí y, en lugar de salir corriendo, te has quedado llamando a mi puerta, tirándome piedras para que te escuchara.

Te pido perdón por todo, aunque sé que no hay perdón que valga en estos casos, y no te lo pido por mí, no por lo que soy ahora, ya que prácticamente no soy nada. Te lo pido por la que fui, porque si no recuerdo mal, ella nunca habría soportado hacerle tanto daño a alguien.

domingo, 23 de agosto de 2009

Si la vida es puro teatro...

... se me ha perdido el guión y ya no sé qué pinto aquí.

sábado, 22 de agosto de 2009

Lo intento.

Lo intento. Lo estoy intentando cada día.

Supongo que nunca he sido una gran actriz, pero que aun así era más fácil para todos los demás creerme cuando decía "Estoy bien" que no hacerlo y añadir una carga más a su larga lista de problemas propios. Lo entiendo.

Por eso siempre intento estar bien. Bueno, o algo así. Como, duermo, me ducho, veo la tele, hablo, leo, salgo, bebo, me río e intento que todo parezca real. Que lo hago porque quiero hacerlo. Que no me da igual.

¿Alguien sabe lo cansado que es pasarse el día interpretando un papel? ¿Todos los días? Supongo que por eso cada vez se me da peor.

jueves, 20 de agosto de 2009

Dime...

Dime por qué sonríes.

Cuéntame qué tiene tanta gracia.

Dímelo, porque hace meses que no me río de verdad, hace mucho que se me olvidó lo que era sentir eso.

jueves, 13 de agosto de 2009

Tienes un problema.

Cuando la idea del suicidio ronda por tu cabeza sin poder evitarlo, cuando por mucho miedo que te dé la muerte, por mucho que no quieras morir, no puedes dejar de pensar en el suicidio de forma obsesiva, es que tienes un problema.


miércoles, 5 de agosto de 2009

¿Cuándo?

¿Cuándo me pasó esto? ¿Cuándo dejó de importarme todo?

¿Alguien sabe en qué momento empezó a darme igual que la gente que me quería sufriera por mí?

domingo, 2 de agosto de 2009

¿Qué pasa si cierro los ojos?

Sólo un segundo. Sólo quiero que esto acabe durante un momento. Que todo pare un instante y poder tomar aire antes de seguir.

Necesito que el mundo siga girando sin mí un rato, lo suficiente para poder repasar mi vida hasta ahora, arrepentirme de muchas cosas, regodearme en mi propia mierda, en mi autocompasión, hasta que ya no pueda más, hasta tocar fondo. Y entonces tal vez pueda volver a subir. O al menos pensar en hacerlo.

A lo mejor cuando no te queda nada definitivamente, cuando ya nada importa y sentirte solo sea más una forma de vida que un estado de ánimo, quizás entonces las cosas se vean de otra manera, a lo mejor encuentras una razón, por estúpida que sea, que te haga agarrarte a la vida.

Porque espero que cuando no me quede nada, cualquier cosa me parezca un buen motivo para seguir en este mundo.