domingo, 6 de septiembre de 2009

La imaginación juega malas pasadas.

Por un instante he sentido miedo de mí misma.

No quería pensar. No quería pensar y, sin embargo, mi mente desobediente lo ha hecho por mí. Y entonces me he visto.

Me he visto en una bañera, he visto el agua teñida de rojo y mi cuerpo inerte y flácido hundiéndose lentamente, con el cuello retorcido hacia atrás en una postura aparentemente incómoda, la boca entreabierta y los ojos en blanco, y una mano colgando por encima del borde de la bañera. Una mano con un corte profundo y largo, un corte gemelo del que tenía en la otra mano, un corte del que emanaba un hilo de sangre que iba a parar al suelo, creando un enorme charco en el que se ahogaba el arma del crimen, un cuchillo afilado que había atravesado algo más que mis muñecas.

He visto el tono traslucido de mi piel. Casi podía notar el calor que desprendía el agua en contraste con lo frío que debía estar mi cuerpo.

Ya no respiraba. Mi corazón ya no latía, porque la sangre no salía a borbotones de las heridas. Mi cerebro ya no pensaba. Ya no tendría que pensar nunca más.

Y entonces me he asustado. Supongo que debería tranquilizarme el hecho de que la muerte aún me dé miedo, que no sea una idea que contemple con nostalgia, con ansia de ella. Pero no podía quitarme la imagen de la cabeza, no conseguía que saliera de allí. No quería cerrar los ojos, pero tenerlos abiertos en la oscuridad tampoco ayudaba mucho. He tenido un leve ataque de ansiedad pero parece que poco a poco me voy calmando, que escribir lo que he imaginado me ayuda.

Pero aún tengo miedo de cerrar los ojos.

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