Hoy he estado un rato sentada en lo alto del muro que bordea el río.
No tenía intención de saltar ni nada por el estilo, principalmente porque si quisiera suicidarme no lo haría así. Más que nada, porque la caída son apenas unos tres metros y porque el río tiene tan poca agua que, como mucho, habría acabado enterrada hasta las rodillas en fango y sin un rasguño. Bueno, en realidad creo que una mujer se intentó suicidar tirándose al río y, si no recuerdo mal, lo consiguió. Supongo que se tiró de cabeza y se quedó atrapada en el fango, o algo así. No sé, pero sigue siendo una muerte demasiado asquerosa.
Estaba allí sentada, viendo a la gente cruzar a un lado y a otro de la pasarela. Estaba escuchando la película que proyectaban en el cine de verano. Estaba oyendo los gritos de unos tíos que se habían sentado en un banco cera de mí. Estaba allí, sentada.
Y, mientras yo no hacía nada, ni siquiera pensaba, el mundo siguió a lo suyo. No es algo que me extrañe, claro, pero me di cuenta de que realmente el mundo sigue sin ti y nadie te echa de menos si desapareces. Desaparecer durante unas horas, me refiero.
Después he dado un paseo hasta la parte de atrás del cuartel y me he tumbado en el césped a mirar las estrellas. En realidad, lo de mirar las estrellas es algo metafórico, porque apenas se veían dos o tres. El caso es que estaba allí y ha llegado una pareja y se han sentado en un banco, ajenos a mi presencia, y se han puesto a hablar de estupideces y vanalidades. ¿De verdad es esto todo lo que nos espera en la vida? ¿De verdad no hay más que encontrar un buen trabajo, una pareja decente y tener niños y pagar hipotecas y no hacer nada más que preocuparse por el futuro?
Pues me niego a vivir esta vida, es demasiado aburrida.
Hoy he estado sentada en lo alto del muro que bordea el río y luego tumbada en el césped. Y he llegado a la conclusión de que así no se puede seguir.
lunes, 31 de agosto de 2009
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