martes, 25 de agosto de 2009

No es verdad.

No quiero hacerlo. En realidad, nunca lo he intentado.

No niego que alguna vez haya acercado un cuchillo más de lo necesario a alguna parte de mi cuerpo, pero nunca con verdaderas intenciones. No sé si por curiosidad o por ver hasta dónde era capaz de llegar. A veces no comprendo del todo lo que hago.


También es cierto que me pregunto cada día qué pasaría si lo hiciera. Más que el después, que es lo que suele interesar en estos casos, yo intento imaginar el cómo.

¿Qué haría? Nada con demasiada sangre, nada con demasiado dolor. ¿Algo rápido? ¿Algo directo y contundente de lo que no te dé tiempo a arrepentirte? O algo más relajado, tal vez ir quedándote dormida poco a poco, sin darte cuenta, y ya está. Cerrar los ojos y decir adiós. Notar cómo se adormecen tus pensamientos, cómo la nada se va abriendo paso a través de tu cabeza. Y, que si en algún momento te llega un soplo de vida y decides que prefieres escoger la opción valiente y quedarte a seguir luchando, tengas a mano un teléfono con alguien al otro lado de la línea a quien le importe que sigas viva.

Siempre imagino la forma, pero no las consecuencias.

Pero, ¿sabes? Yo siempre he querido saberlo todo. Y, aunque sólo sea por curiosidad, me quedaré aquí para ver qué pasa mañana, aunque no sea capaz de fingir que me importa.

No hay comentarios: